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El 8 de diciembre de 1968 se consagraba solemnemente la nueva iglesia dedicada a La Inmaculada Concepción en el barrio de Las Viñas. Y para conmemorarlo, Francisco Javier Pérez Cano, amigo y colaborador de este blog y administrador del grupo de Facebook dedicado al barrio de Las Viñas-Bullón, ha preparado con mucho cariño una entrada que paso a extractar.

Todo comienza en el año 1965, cuando el párroco del barrio de Mamariga, don Elías Bravo Olano, se dio cuenta de que la población de Santurtzi estaba creciendo de una manera desmesurada y a un ritmo vertiginoso.

La zona de Las Viñas, que abarcaba la feligresía de dos parroquias, San Jorge y Virgen del Mar, era una de las que más había crecido, y estas dos parroquias se habían quedado pequeñas ante este aumento de población. Se hizo un estudio de esa zona, en la que hasta no hacía mucho no había más que huertas y unas pocas casitas desperdigadas, y se pudo comprobar que en ese momento tenía más de 7.500 posibles feligreses. Y eso que en aquel momento el área comprendida entre la calle Ramón y Cajal y el actual parque de Gernika pertenecía a la feligresía de San Jorge. El barrio entero alcanzaría los 9.000 habitantes.

Con todos estos datos, don Elías se puso en contacto con el obispo de Bilbao, don Pablo Gúrpide Beope, y le expresó la idea de crear una parroquia en el barrio de Las Viñas.  Al obispo le entusiasmó la idea y dio el visto bueno. Además, le propuso el nombre de don Francisco García López, por aquel entonces coadjutor de la parroquia de Nuestra Señora Virgen del Puerto de Zierbena, como persona indicada para ayudarle a llevar a cabo esta propuesta.

Don Francisco nació en Balmaseda el 29 de mayo de 1933 y a la edad de 6 años fue a vivir a Sodupe. El 28 de junio de 1959, cuando contaba con 26 años de edad, fue ordenado sacerdote en la iglesia de San Francisco de Asís en Bilbao, conocida popularmente como la Quinta Parroquia. Su primer destino fue, como coadjutor, la parroquia Nuestra Señora del Puerto en Zierbena junto al párroco don Apolinar Martínez, hasta el año 1965 que fue destinado a Mamariga. Hizo su presentación en Santurtzi el día del Carmen.

Muy pronto comenzó, junto con don Elías, con los trámites y las gestiones para la construcción de la nueva parroquia de Las Viñas. El primer paso fue ir al Ayuntamiento, presentar la idea de la creación del nuevo templo y solicitar un terreno donde poder construirlo. El Consistorio estuvo conforme con la idea y cedió a cambio de una renta simbólica, una parcela al final de la calle Ramón y Cajal, donde en aquél momento estaba situado un antiguo lavadero que llevaba muchos años fuera de uso y en estado de ruina. El constructor José María Ortolatxipi, vecino de Mamariga, se ofreció para ejecutar el derribo del lavadero y la construcción de la iglesia, dando facilidades para el pago de todas la obras. El arquitecto Manuel Zayas Arancibia se ocupó del proyecto y diseñó un templo amplio, con numerosas dependencias parroquiales ubicadas en la parte inferior.

En enero de 1967 empiezan las obras de derribo del lavadero y de la construcción de la nueva iglesia.

Poco después, otro constructor, en este caso del barrio de Las Viñas, llamado Juan Manuel Zabala Elósegui “Tolo”, cede a don Elías y a don Francisco, una lonja situada en el núm. 21 de la calle Doctor Fleming para utilizarla como templo provisional mientras duraran las obras de construcción de la nueva iglesia. Y eso que aún no estaba instituida oficialmente la nueva parroquia. Don Elías solicitó el pertinente permiso al obispo Gúrpide y este accedió. Los feligreses regalaron el mobiliario necesario y la primera imagen de La Inmaculada Concepción, que actualmente se conserva en los sótanos de las dependencias de la iglesia.

Las obras del nuevo templo seguían avanzando a buen ritmo. En verano ya se podía apreciar la forma que tendría el alzado del edificio.

El domingo 15 de octubre de 1967, día de Santa Teresa de Jesús, en la lonja situada de la calle Doctor Fleming, justo enfrente de las antiguas escuelas de Primo de Rivera, don Francisco García oficiaba misa por primera vez en la provisional parroquia de la Inmaculada.

Una semana después, el domingo siguiente, 22 de octubre, el obispo Gúrpide visitó la lonja y mandó, a propuesta del párroco don Elías, que se administrasen todos los sacramentos como si fuese una auténtica parroquia. Desde entonces funcionó como aneja a la de la Virgen del Mar de Mamariga, y bajo la advocación de la Inmaculada Concepción, de la que era muy devoto don Francisco.

Mientras tanto, continuaban las obras del templo definitivo, aunque no exentas de contratiempos. Cuando ya se llevaba construido más de la mitad, un error de cálculo hizo que el tejado se viniese abajo. En aquel momento no había nadie en el edificio en construcción, por lo que no se tuvieron que lamentar daños personales.

Llegaron las primeras comuniones, que se celebraron el día 8 de mayo de 1968, pero debido a la gran cantidad de niños que participaban, fue imposible hacerlo en la lonja. Así que la ceremonia se realizó en el patio de las antiguas escuelas de Primo de Rivera.

Cuando todo iba de maravilla, la parroquia en la lonja llena de feligreses, las obras del nuevo templo viento en popa, ocurre una gran desgracia. El 15 de junio de 1968 moría don Elías Bravo Olano, párroco de Nuestra Señora Virgen del Mar y máximo precursor de la creación de la parroquia de la Inmaculada Concepción en el barrio de Las Viñas. Nunca pudo ver cumplido su sueño. Don Francisco toma las riendas del proyecto.

El 14 de octubre el obispo Gúrpide, que desde el primer momento se había interesado de manera especial, visitó las obras de la nueva iglesia. Pudo comprobar el estado de las obras de construcción del nuevo templo que se estaba construyendo con las ayudas de todos los feligreses y los donativos de varios vizcaínos. Se le explicó que tendría cabida para 1.800 personas, las dependencias parroquiales necesarias, una guardería infantil de 70 plazas y un parvulario también de 70 plazas.

En noviembre, sin estar todavía acabadas las obras, se comienza a oficiar la misa y demás oficios religiosos en la nueva iglesia. Cuando se estaban ultimando los preparativos para la inauguración, ocurre otro suceso importante. El 18 de noviembre fallece el obispo Pablo Gúrpide Beobe. Después de interesarse tanto por la parroquia, tampoco pudo verla terminada. Finalmente, el 2 de diciembre de 1968, el obispo José María Cirarda Lachiondo, administrador apostólico de la diócesis de Bilbao, vacante por la reciente defunción de su obispo Gurpide, firma el decreto de erección de la nueva parroquia.

Se pone en marcha el programa de actos de la inauguración. El día 30 de noviembre comienza con una Novena a la Inmaculada a las 7:45 de la noche. A las 11 de la mañana del día 5 de diciembre, se celebran las Confirmaciones. El día 7, a las 10:30 de la noche hubo Vigilia extraordinaria de la Adoración Nocturna. Y, finalmente, el 8 de diciembre, festividad de La Inmaculada Concepción, se procede a inaugurar oficialmente el nuevo templo.

Monseñor José María Cirarda Lachiondo, obispo administrador, bendijo la iglesia, consagró el altar y ofició una misa conjunta con don León María Martínez, vicario de la diócesis, don Francisco García López, párroco de la nueva parroquia y don José María Iruretagoyena, párroco de San Jorge.

Y cincuenta años después se conmemora esta efemérides.

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Según el santoral, el 27 de noviembre se recuerda al patrono de la escuela primaria, san José de Calasanz, que fue sacerdote, pedagogo y precursor de la educación moderna a través de la primera escuela cristiana popular y gratuita en Europa. Aprovecho la efemérides para publicar una entrada vinculada con el tema.

Hace un par de años, el periódico ensanturtzi.com incluyó en la sección Santurtzi ezagutu una breve reseña sobre las escuelas viejas en donde comentaba que hubo que esperar hasta 1878 para que en Santurtzi se construyese, o reformase, un edificio específicamente destinado a escuelas públicas. Sin embargo, hay que retroceder unos 25 años en el tiempo para precisar mejor el tema en cuestión. Entre 1827 y 1851 las aulas se ubicaban en la casa consistorial, inaugurada precisamente en 1827, y compartían el espacio con otras tareas y funciones derivadas de la gestión municipal. Ese mismo año la Junta Inspectora de Enseñanza de Primeras Letras de Santurce sugiere al Ayuntamiento la necesidad de aumentar los arbitrios municipales con el fin de costear la enseñanza en la nueva escuela de la localidad, a cargo del maestro José García.

En 1851 el Ayuntamiento vio llegada la hora de habilitar un edificio reservado únicamente a escuela. Cerca de la casa consistorial se erigía un edificio, el del beaterio de la Merced, cuya actividad había cesado tras las leyes exclaustradoras y desamortizadoras de 1835-1837. Ya solo lo habitaba una única beata ya muy mayor y era previsible que en breve quedara sin residente y sin uso. De hecho, los enseres de la institución, retablo, imágenes, cuadros, etc. ya se habían trasladado un año antes a la iglesia de San Jorge.

Así pues, el Ayuntamiento inició las gestiones administrativas necesarias para la ejecución de las obras de modificación de la distribución interior y exterior del edificio que había servido como beaterio con objeto de habilitar por una parte una sala para celebrar las reuniones de la corporación municipal, con archivo y cárcel y, por otra, una escuela que incluía la vivienda del maestro.

El proyecto fue firmado el 11 de marzo de 1851 por el maestro de obras Juan José de Berriozabal Urquiaga (Bilbao, 1817 – Portugalete, 1851), hijo del maestro de obras Francisco de Berriozabal Berrio y padre del también maestro de obras Francisco de Berriozabal Garmendia (Portugalete, 1848 – Bilbao, 1928), con abundante obra en Santurtzi y al que mencionaré más adelante. Se adjudicó la obra al contratista Matías González en el precio de doce mil reales.

El antiguo beaterio constaba de bajo, primera planta y desván y parecía adecuado para habilitarlo como escuela. Los amplios terrenos de la huerta anexa al beaterio eran propiedad de la parroquia, así que es probable que el edificio también. Consta que el Ayuntamiento del Concejo de Santurce adquirió mediante compraventa los terrenos y, probablemente, también el edificio, aunque esto último no aparece reflejado en los libros de cuentas de la parroquia.

En el proyecto, fechado en marzo, se respetaba la permanencia de la única beata que habitaba en el edificio y en las obras de reforma se reservaron dos huecos para sus habitaciones. Ahora sabemos que la beata falleció en diciembre de ese mismo año, así que seguramente no conoció la reforma.

La adecuación del edificio al nuevo destino previsto incluyó la elevación de la altura de la primera planta y la modificación del tejado, así como la apertura de nuevos vanos.

Se tiraron todos los tabiques interiores y se procedió a una división del espacio más acorde con las nuevas funciones. Podemos ver la nueva distribución en el plano incluido en el proyecto.

La planta baja se reformó por completo. Se suprimió la capilla y el coro del antiguo beaterio. En ella se instalaron una sala para celebrar los plenos (2), el archivo (3), prisión (9), peso y alhóndiga (7) y un depósito (8). Completaban la planta una cocina (10) y dos piezas alcobas (11 y 12). El acceso al edificio se realizaría por una puerta situada en la fachada que miraba al mar (1) para la que se había reutilizado la piedra sillar de la antigua puerta de la capilla, mientras que otra puerta en la fachada posterior daba acceso a la amplia huerta propiedad del beaterio.

Las instalaciones escolares (aula y vivienda del maestro) ocupaban la primera planta del edificio, según el proyecto. A la única aula escolar, la estancia más amplia de la planta (2) se accedía desde un distribuidor (1) que también daba paso al aseo de los niños (3), a la escalera de acceso al desván (10) y a las habitaciones (11 y 12) en principio reservadas para la última beata y que después se destinarán a vivienda del maestro.

Resulta extraño que se destine toda la planta baja a oficinas municipales cuando tan solo veinticinco años antes se había edificado e inaugurado la primera casa consistorial del Concejo de Santurce en el mismo lugar en que hoy se levanta el actual.

En una carta fechada en Londres en marzo de 1852, Cristóbal Murrieta agradece al Ayuntamiento del Concejo de Santurce por inscribir su nombre en el salón de sesiones y en el aula-escuela de la casa consistorial. Así pues, antes de fundar una escuela de náutica y el colegio de las Hijas de la Cruz, también apoyó la escuela municipal.

Para 1870 esta escuela, al parecer, se queda pequeña. La comisión municipal constituida por Remigio Angoitia, Nicolás Santulari, Juan Villar y el maestro Luis Iza Aguirre aconseja ampliar la escuela, aprovechando los locales que sirven de vivienda al maestro. La última guerra carlista retrasa abordar el asunto hasta 1877. Lo cierto es que en los siguientes cinco años el Ayuntamiento del Concejo de Santurce invierte en educación: se construyen escuelas en Santurtzi y en Nocedal (1878) y en Ortuella (1883).

En 1877 se inicia el procedimiento para sacar a pública subasta las obras de reforma de la escuela de Santurtzi. El proyecto, que incluye las condiciones facultativas, presupuesto y coste de las obras, es realizado por el maestro de obras Francisco Berriozabal Garmendia en mayo de 1877.  Se adjudica en julio de 1877 al contratista José Meléndez García vecino del concejo de San Pedro de Abanto, por la cantidad de 14.352,41 pesetas.

Se celebró una pomposa inauguración de la Escuela de Niños de Santurce el 2 de febrero de 1878. El 6 de enero anterior se había inaugurado la de Nocedal.

En 1893 la escuela se somete a una nueva reforma, se le añade un mirador. El Ayuntamiento de Santurce inicia el procedimiento correspondiente para sacar a pública subasta las obras. El proyecto es firmado por el maestro de obras Manuel Otaduy en Bilbao, en abril de 1893. Se adjudica el remate de las obras al contratista Manuel Garmendia por un importe de 1.499 pesetas.

En marzo de 1936 el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes aprueba la solicitud del Consejo local de Primera enseñanza de Santurtzi para que las cuatro escuelas unitarias de niños que vienen funcionando en el mismo edificio se transformen oficialmente en una Escuela nacional graduada con cuatro secciones, que de hecho ya lo eran, que se denominarán en lo sucesivo escuelas de Fermín Reparaz, maestro que dejó una importante huella en nuestro municipio.

El antiguo edificio se derribó a comienzo de los años 70 para dar paso al edificio actual. Siguió siendo un colegio de educación general básica hasta 1997. En 2001 se aprovecha que el edificio ha quedado sin uso para ubicar la sala Kresala, el euskaltegi municipal y en 2009, tras las últimas reformas para añadir una planta más, la escuela de idiomas.

escuela de idiomas santurtzi

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Comentaba en la entrada precedente que, en la actualidad, los cementerios se han convertido en un recurso turístico-cultural. Numerosos municipios ofrecen visitas guiadas a sus monumentales cementerios que contienen sepulturas realizadas por arquitectos y escultores de renombre y que constituyen verdaderas obras de arte al aire libre. Sin ir más lejos, el cementerio de Vista Alegre en Derio (el cementerio municipal de Bilbao), inaugurado en 1902, es uno de ellos. Es muy recomendable la lectura del trabajo de Xabier Sáenz de Gorbea sobre la escultura funeraria presente en el mismo, entre las que hay una Piedad del santurtziarra Ricardo Iñurria. también es recomendable la visita a los cementerios de Portugalete, Getxo y Castro Urdiales.

El cementerio municipal de Santurtzi es mucho más modesto, pero si se mira bien se pueden encontrar algunos ejemplos destacables. Incluso se puede intuir, por su estilo, qué sepulturas se trasladaron del cementerio viejo al actual.

En YouTube podemos encontrar un video que nos permite realizar un paseo virtual por el cementerio en el que podemos detenernos en aquellos elementos funerarios que tienen relevancia desde el punto de vista patrimonial y artístico.

La estética del panteón Amézaga-Balparda es neogótica y dispone de una vidriera, probablemente realizada por la casa Delclaux y Cía, como las de la casa consistorial.

Los capiteles que sostienen el arco apuntado de entrada al panteón presentan una iconografía curiosa pero a la vez clásica en este tipo de estructuras.

puerta panteón amézaga

capitel con búhos

A los testimonios heráldicos presentes en él ya les he dedicado une entrada titulada Heráldica en el cementerio de Santurtzi.

Amezaga2 - copia

Balparda2 - copia

Vergonzoso es, sin embargo, el estado en que se encuentra el panteón de los Murrieta en el que está inhumado el mecenas local, Cristóbal Murrieta Mello. A la falta de mantenimiento se ha sumado el vandalismo, se han llevado las cadenas de hierro que circundaban la parcela.

Otras sepulturas han recibido últimamente un necesario lavado de cara. Es el caso del panteón de los Oraá Sanz,  sobre el que se alza un fabuloso, y ahora reluciente, trabajo sobre mármol blanco del escultor Higinio Basterra Berastegui (1876-1957), una crucifixión realizada en 1933.

A su lado, y avanzando hacia la capilla, podemos ver otros buenos ejemplos de estatuaria funeraria: un Sagrado Corazón (obra firmada por Ricardo Iñurria) y San José, con su inseparable ramo de azucenas.

También es reseñable este otro panteón que destaca por la limpieza de la estatua de Cristo crucificado. No muy lejos podemos ver un panteón similar que necesita urgentemente una limpieza.

Otros ejemplos de estatuaria funeraria que podemos ver en el cementerio y que también necesitan una limpieza son los siguientes:

Hace tiempo dediqué una entrada al monumento a la memoria de los hermanos Gómez-Marañón. Con el tiempo ha pasado de ser en origen un monumento funerario erigido en un cementerio a ser en la actualidad un monumento conmemorativo ubicado en un parque público.

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Como comentaba en la entrada precedente, dedicada al cementerio viejo, la primera propuesta para trasladar el camposanto de ubicación data del 30 de abril de 1910. Es evidente que el casi centenario cementerio es insuficiente para un municipio cuya población casi se había triplicado en los últimos años. Además, está enclavado en el centro el pueblo, junto al hospital asilo y las escuelas municipales y en un plano superior por lo que se producen filtraciones de líquidos de putrefacción en la capa freática con el consiguiente peligro para la salud de los santurtziarras.

A finales de 1923 el Ayuntamiento decide emplazar el nuevo cementerio en el barrio de Kabiezes, entonces poco poblado. La Comisión de Fomento expone que las campas de Bizio en Cotillo cumplen con los requisitos exigidos para construirlo y se encarga al arquitecto municipal Emiliano Pagazaurtundua el proyecto. Del mismo destaco dos planos: el primero  que nos indica a quienes correspondía la propiedad de los terrenos y el segundo en que vemos la organización interna del cementerio, así como el diseño de la capilla, portada de acceso y tumbas. La flecha roja señala el cementerio civil, separado y con acceso propio.

En marzo de 1928 se adjudican las obras al contratista Juan Dimas Garmendia, vecino de Portugalete, por la cantidad de 92.100 pesetas, y dos años después, el 20 de mayo de 1930, se procedió a la clausura del viejo cementerio y a la inauguración del nuevo cementerio. La prensa de la época reseñaba la noticia con detalle.

Durante la II República los cementerios se secularizan y pasan a depender exclusivamente de las autoridades municipales a partir del 9 de julio de 1931. A partir del 8 de enero de 1932 se permite la cremación. Todas estas transformaciones se recogen en la ley de cementerios municipales y su posterior reglamento. La ley, de 30 de enero de 1932, da inicio con “Ios cementerios españoles serán comunes a todos los ciudadanos, sin diferencias fundadas en motivos confesionales”, para proseguir con artículos que contemplan la colocación de la inscripción Cementerio Municipal en las portadas, la práctica de ritos funerarios únicamente en la sepultura, y la desaparición física de las tapias separado ras de los cementerios católico y civil. Toda guarda, administración, régimen y gestión corresponderán a los Ayuntamientos.

Quizás en ese momento se sustituye la inscripción Requiescant in pace que aparece en el proyecto por la que actualmente vemos en el acceso al cementerio.

Durante los primeros años de actividad del nuevo cementerio se procede adjudicar nuevas parcelas de terreno a aquellos vecinos que lo solicitan, muchos de ellos a cambio, en permuta, de las que ya tenían en el cementerio clausurado. Anastasio Amesti, el maestro cantero, edificará casi todos esos nuevos panteones.

El triunfo de los sublevados contra la legalidad republicana significará una vuelta atrás en lo que se refiere a legislación y práctica de enterramientos. Con anterioridad al fin de la guerra civil ya se establecen varias disposiciones en ese sentido. La Ley de Cementerios de 1938 desprende el máximo espíritu confesional: las autoridades municipales restablecerán en el plazo de dos meses, a contar desde la vigencia de esta ley, las antiguas tapias, que siempre separaron los cementerios civiles de los católicos.

Se reconocen y devuelven a la Iglesia y a las parroquias los cementerios incautados, quedando bajo la total jurisdicción eclesiástica los cementerios católicos, y bajo la civil los cementerios civiles, debiendo desaparecer de estos últimos todas las inscripciones y símbolos de sectas masónicas y cualesquiera otros que de algún modo sean hostiles u ofensivos a la Religión Católica o a la moral cristiana.

En lo que concierne a Santurtzi, el primer Ayuntamiento franquista encarga a Anastasio Amesti la construcción en lugar preferente de un panteón colectivo para las personas asesinadas en el asalto al barco prisión Cabo Quilates que habían sido enterradas individualmente en el cementerio. Este monumento funerario conmemorativo fue inaugurado el domingo 2 de octubre de 1938.

En los últimos 40 años han cambiado muchas cosas. A finales de los años 60, la transformación de la sociedad, el aumento del número de habitantes que viven en áreas urbanas y la limitación de espacio libre condiciona la morfología de los cementerios: comienzan a imponerse los bloques de nichos.

La ley 49/1978, de 3 de noviembre, de Enterramientos en Cementerios Municipales deroga la ley franquista de 10 de diciembre de 1938. Establece que los Ayuntamientos están obligados a que los enterramientos que se efectúen en sus cementerios se realicen sin discriminación alguna por razones de religión ni por cualesquiera otras y, en consecuencia, se elimina la separación física entre cementerios católicos y civiles.

La Ley 7/1985, de 2 de abril, Reguladora de las Bases del Régimen Local establece que los municipios tienen competencia en materia de cementerios y servicios funerarios. Esta competencia supone, además, una obligación por lo que deberá prestarse en todos los municipios, con independencia de su número de habitantes. Los vecinos pueden exigir la prestación de este servicio público que, en el caso de Santurtzi, se regula mediante un Reglamento de Régimen Interior del Cementerio municipal aprobado en el pleno celebrado el 27 de febrero de 2015.

Respecto a los ritos fúnebres y oficios mortuorios, las prácticas seguidas durante siglos comienzan a abandonarse en una sociedad cada vez más secularizada y van quedando en el olvido. La sociedad cambia y resulta inevitable que también lo hagan sus costumbres. Las prácticas mortuorias siguen siendo manifestaciones de tristeza, pero con rituales y manifestaciones de dolor acordes a los tiempos que nos ha tocado vivir. Son rarísimos los funerales de cuerpo presente. Cada vez son más numerosas las ceremonias civiles en tanatorios y la cremación posterior. Es cada vez más habitual prescindir de los cementerios y depositar las cenizas en lugares por los que los familiares fallecidos sentían especial aprecio.

Sin embargo, hasta no hace muchos años, cuando fallecía un familiar se amortajaba y velaba al difunto en su domicilio durante un día (alrededor de veinticuatro horas). El siguiente paso era la conducción del cadáver a la parroquia. El cadáver se deposita en una caja de madera, el ataúd. La salida del féretro del domicilio, se producía siempre con los pies por delante, costumbre que ha derivado en la aparición de la conocida expresión popular. Para el traslado hacia la iglesia, se organizaba una comitiva con un orden determinado. Lo normal era que la caja mortuoria fuese llevada en andas, apoyada sobre los hombros de cuatro individuos, familiares o amigos del finado. Finalizado el oficio funeral se trasladaba el cadáver al cementerio en donde recibía sepultura.

Para ilustrar parte de estas costumbres podemos recurrir a las imágenes del funeral de Manuel Martín Doradel, presidente de la Cofradía de Pescadores y concejal en el Ayuntamiento. Manuel Martín, Maneko, falleció en agosto de 1961.

Otra de las costumbres que en este caso aún pervive es la visita anual al cementerio el primero de noviembre, cuando la Iglesia Católica celebra la festividad de Todos los Santos. Cientos de santurtziarras se acercan al cementerio municipal para honrar a sus familiares difuntos. El Ayuntamiento pone a punto las instalaciones y los santurtziarras limpian y engalanan las sepulturas con adornos florales. Aunque para no faltar a la verdad, cada vez son menos.

Otra costumbre ya desaparecida con los nuevos tiempos era la de aprovechar esa festividad para estrenar nueva ropa de invierno: el abrigo o la gabardina. La visita al cementerio era un acto social al que había que ir con las mejores galas.

Todos estos cambios pueden en un futuro complicar las investigaciones genealógicas para las que los libros de enterramiento, las esquelas y los recordatorios son fuentes de información muy útiles.

En la actualidad, los cementerios se han convertido en un recurso turístico-cultural. Se ofrecen visitas guiadas a los principales cementerios que contienen sepulturas realizadas por arquitectos y escultores y que constituyen verdaderas obras de arte al aire libre.

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Una vez repasada la historia del parque voy a centrarme en su elemento más singular, el kiosco de música. En primer lugar, es necesario tener en cuenta algunas consideraciones generales acerca de este tipo de edificación. Os remito a la lectura del artículo Una arquitectura para la música, el kiosco del arquitecto e historiador Iñaki Uriarte del que he extraído algunas ideas.

El kiosco o gazebo es un templete techado de planta simétrica (circular o poligonal) empleado como exótico mirador y elemento ornamental en los jardines palaciegos desde la segunda mitad del siglo XVII. En la siguiente imagen podemos ver a la vez dos ejemplos, uno de estilo clásico y otro de estilo oriental, en los Jardines del Príncipe en Aranjuez.

En el siglo XIX se suceden significativas transformaciones políticas, sociales y urbanísticas. Las nuevas políticas de ordenación urbana de las ciudades y el desarrollo de nuevos hábitos populares (la música deja de ser patrimonio de las elites) hacen que el kiosco de música se convierta en un elemento arquitectónico destacado en plazas, parques y bulevares.

Deviene una construcción elegante, diseñada para acomodar a las bandas de música tan de moda en la época. Sigue siendo una construcción muy abierta, simétrica con relación al eje central y de planta circular o poligonal, pero de mayor tamaño que su antecedente. Consta de un sólido basamento o zócalo de piedra o ladrillo sobre el que se sitúa la escena. La cubierta sostenida por columnas debe cumplir con ciertos requisitos acústicos y, a la vez, proporcionar abrigo básico ante las inclemencias meteorológicas. Para proporcionar mayor protección la cubierta sobresale a modo de alero.

Inicialmente eran modestas estructuras de madera, incluso sin techumbre. Con el tiempo se construyen en metal. El hierro fue empleado desde el último tercio del siglo XIX por su robustez, ligereza y posibilidades de moldeado. Existían catálogos con diferentes modelos de kiosco fabricados por diversas empresas de fundición. En numerosas localidades fueron proyectados ex novo por sus arquitectos municipales, pero también era muy habitual emplear como referencia piezas y elementos de esos catálogos, adaptándolos a las circunstancias concretas de cada lugar. La adecuada combinación de materiales, proporciones y ornamentos en una construcción tan simple, era fundamental para lograr una obra bella y correctamente integrada, ofreciendo la sensación de solidez en su base y ligereza en el resto.

Actualmente, debido a su escaso uso y falta de mantenimiento en algunos casos, porque se les considera simples peanas multiusos, padecen una preocupante desfiguración. Casi ningún municipio los destaca como una construcción de valor arquitectónico. Apenas están protegidos culturalmente, excepto si se insertan en un centro histórico o conjunto monumental. Y, sin embargo, aún en la soledad de su silencio emiten emoción y armonizan un lugar. En Santurtzi tenemos la suerte de haber sabido mantener nuestro kiosco de música en muy buen estado. Y además, el Ayuntamiento ha invertido en su conservación, sobre todo en la última década.

Respecto a la historia y evolución de los kioscos de música, Santurtzi constituye un buen ejemplo. Tenemos que remontarnos a los últimos años del siglo XIX para constatar la presencia de un kiosco de música de madera, desmontable y sin cubierta. Esto último era un inconveniente ya que en caso de lluvia la actuación de la banda de música y el baile se suspendían o se trasladaban al lugar techado más próximo, al pórtico de la iglesia de San Jorge. Este apaño finalizó a comienzos de 1919 cuando se prohibió utilizar el pórtico para estas lúdicas actividades, a petición del párroco Jenaro Oraá.

De este tipo de kiosco documentamos gráficamente dos modelos. Uno cuadrangular, que parece el más antiguo. Es apenas un tablao elevado con una estrecha escalera de cuatro peldaños y sencilla barandilla perimetral de largos travesaños horizontales. Se ubicaba en la entonces plaza del pueblo, la plaza del solar denominada con el tiempo plaza Juan José Mendizábal.

El segundo, documentado en la primera década del siglo XX es más elaborado. Sigue siendo de madera, pero es más amplio y más elegante. Tiene forma octogonal y tupida balaustrada de travesaños verticales torneados. En las fotos no se aprecia bien, pero podría tener unos altos y delgados soportes para sostener un toldo.

Finalmente, en 1917, aprovechando la transformación de parte de la explanada generada por el relleno en parque y jardines se edifica en el centro el actual kiosco de música. Ya en 1913 se había previsto la necesidad de edificar un kiosco estable. El primer proyecto fue el del arquitecto municipal Mario Camiña Beraza. Era el proyecto que se adjuntaba a la petición de cesión en arriendo de los terrenos para destinarlos a parque y jardines.

El kiosco diseñado por Mario Camiña constaba de dos cuerpos: el inferior de piedra y el superior formado por una estructura metálica. El primero tenía planta octogonal que se transformaba en cruciforme gracias a los cuatro pórticos sostenidos por pequeñas columnas. En el centro se planeaba un pequeño bar. El cuerpo superior, más estilizado, repetía la planta del inferior. Sobre el octógono central se elevaban ocho finas columnas metálicas que sostenían una desarrollada y decorativa cubierta con amplio alero.

Se desconocen las razones por las que este proyecto no se llevó a cabo. Quizás fuese la cuantía de la obra, la falta de tiempo para ejecutarlo o simplemente que Mario Camiña ya no era el arquitecto municipal.

El segundo y definitivo proyecto fue realizado por Ramiro Leza Agost. El tiempo apremiaba. En noviembre de 1916 el Ayuntamiento acuerda dirigirse a Ramiro Leza, excelente dibujante nacido en Madrid y formado en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. En aquel entonces era delineante del Ayuntamiento de Getxo y tenía experiencia y reputación. Además, se aprovechó para abrir una suscripción popular para la financiación de las obras.

Para principios de diciembre Ramiro Leza ya tenía el proyecto, los planos y el presupuesto. A finales de ese mes el proyecto recibía el informe favorable de la Comisión municipal de Fomento, que además estimaba oportuno separar las obras: por una parte el parque, por otra el kiosco. Ramiro Leza redactaría los pliegos de condiciones para la realización de las obras y asumiría también la dirección facultativa. Como he comentado en la entrada precedente, a comienzos de enero de 1917 se sacaba a subasta las obras del parque, que se adjudicaban a finales de ese mismo mes a Pantaleón Rementería. Las obras para acondicionar la explanada como parque público se dieron por terminadas en junio de 1917.

Respecto al kiosco, el proyecto de Ramiro Leza se aprobó en febrero. Tras una primera subasta que quedó desierta, a finales del mes de mayo se adjudicaba al portugalujo Víctor Aroma por 7.900 pesetas. La obra finalizó en octubre. El 29 de diciembre de 1917 se aprueba la liquidación de las obras por la cantidad de 8.560’63 pesetas. Sin embargo, el director de las obras del parque, Ramiro Leza, encuentra deficiencias en el tejado del kiosco y propone el 20 de enero de 1918 tomar medidas para su subsanación porque en algunos aspectos no se ejecutaron conforme a las prescripciones técnicas.

Finalmente, la ceremonia de inauguración y bendición del parque y del kiosco tuvo lugar el domingo 31 de marzo de 1918 a las 12 horas. Las deficiencias se subsanaron en abril y con la instalación de las luces ese mismo mes concluyó la obra.

El kiosco que diseñó Ramiro Leza es un digno y elegante ejemplo de la arquitectura ecléctica de la época. Sobre una plataforma de planta circular se sitúa el escenario sobre el que se alzan nueve columnas de piedra unidas por arcos de medio punto que sostienen una original cubierta: una cúpula con visera en todo su perímetro recubierta con tejas planas lagrimadas.

Disponía también de un sótano dedicado a almacén al que se accede por una pequeña puerta situada a la izquierda de la escalera de acceso a la escena.

Así valoraban la originalidad del kiosco en la prensa de la época.

Según el proyecto, el kiosco tendría las siguientes características, según nos cuenta el historiador Víctor Arroyo en su segundo volumen dedicado a la Historia de Santurtzi, pág. 26 y 27:

En los años veinte se añade la balaustrada de estilo clásico que ha permanecido, aunque en deficiente estado, hasta la última reforma de 2009 durante la cual se ha sustituido por otra más ligera de acero y cristal más acorde con el proyecto original.

Entre mayo y julio de 1992 se sustituyó el jardín perimetral por un mosaico de cerámica refractaria de alta resistencia compuesto por 256 placas trapezoidales y 56 rectangulares. El mosaico, obra de Iñaki Martínez Coco (Barakaldo, 1962), reproducía vistas de la ría y de los pueblos de las márgenes. No he conseguido, de momento, imágenes de detalle.

En 1994 la Diputación de Bizkaia editó una interesante obra titulada Bizkaiko musika kioskoak = Kioscos de música de Bizkaia. Se trata de un inventario de estas edificaciones en el cual destaca por sus singulares características el kiosco de Santurtzi,  protagonista de la cubierta del libro.

Al parecer, es nuevamente restaurado en 2002 (desconozco la trascendencia) y finalmente en 2009. En esta última intervención se suprime el mosaico colocado en 1992 y las palomillas que sujetaban unos clásicos faroles.

Presenta, sin embargo, una especie de gárgolas por donde desagua el agua de lluvia acumulada en la cubierta que a mí no me gustan nada.

El kiosco, además de su valor patrimonial, tiene relevancia por otro motivo también relacionado con la memoria histórica. En el perímetro del zócalo y en el interior de la cúpula se han ido colocando anualmente unos relieves cerámicos conmemorativos realizados por Paco Presa Merodio. Les he dedicado dos entradas:

En la siguiente imagen, composición de Alfredo Bilbao, se pueden ver todos los relieves del zócalo:

Nueve personajes que destacan por su compromiso con el municipio en muy diversas facetas sociales:

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El 31 de marzo de 1918, hace hoy un siglo, se celebraba solemnemente la inauguración del parque, ahora llamado de Santurtzi, y de su emblemática construcción, el kiosco de música.

Cien años de historia que voy a intentar resumir en esta entrada, tratando primero del parque. En una entrada consecutiva me centraré en el kiosco de música.

El espacio que ocupa el parque de Santurtzi, la antiguamente denominada concha de Santurce, es terreno ganado al mar a comienzos del siglo XX. Todo lo que se ve en color beis y azul en la siguiente ilustración que reproduce el litoral santurtziarra en 1901.

Era consecuencia de las obras de encauzamiento de la ría y mejora de su navegabilidad que se habían iniciado con la construcción del muelle de hierro para eliminar la barra de Portugalete. La construcción de muelles al abrigo del rompeolas y la previsible llegada del ferrocarril (demorada casi 20 años) obligó a rellenar y alinear el frente costero. En 1906-1907 se construyó el dique que desde Peñota llegaba al rompeolas. Hacia 1911 ya se había completado el relleno, pero no se había dado uso a la amplia explanada resultante del mismo.

El Ayuntamiento de Santurtzi solicita en marzo de 1913 la cesión del espacio sobrante del previsto para dar acceso al puerto exterior para destinarlo a parque público al Ministerio de Fomento. En la solicitud se incluye un proyecto de urbanización (incluye parque y kiosco) redactado por el arquitecto Mario Camiña Beraza, que fue arquitecto municipal de Santurtzi durante esos años.

Como todo terreno ganado al mar, el relleno es propiedad del Estado, sobre el que ejerce su jurisdicción la Junta de Obras del Puerto de Bilbao, dependiente del citado ministerio. Un año después, el 14 de mayo de 1914, mediante Real Orden, se accede a la petición en régimen de concesión administrativa.

Una vez recibida la respuesta del Ministerio de Fomento, el Ayuntamiento decide abrir un nuevo expediente para solicitar no su arriendo sino la plena propiedad del terreno. Nunca hubo respuesta y mientras tanto, la explanada seguía tal cual. A finales de 1916 estaba a punto de expirar el plazo que el Estado había dado para hacer efectiva la cesión. El Ayuntamiento tenía que licitar las obras rápidamente para que su ejecución se realizase en plazo. Se desconocen las razones por las que no se ejecutó el proyecto de Mario Camiña. Quizás fuese la cuantía de la obra, la falta de tiempo para ejecutarlo o simplemente que Mario Camiña ya no era el arquitecto municipal.

En noviembre de 1916 el Ayuntamiento acuerda dirigirse a Ramiro Leza Agost, nacido en Madrid y formado en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. En aquel entonces era delineante del Ayuntamiento de Getxo y tenía experiencia en la planificación y diseño de jardines y parques. Además se abrió una suscripción popular para la financiación de las obras (se recaudaron 2.095 pesetas). A principios de diciembre Ramiro Leza ya tenía el proyecto, los planos y el presupuesto. Presentaba un cuidado trazado más o menos concéntrico en torno al kiosco de música.

A finales de ese mes el proyecto recibía el informe favorable de la Comisión municipal de Fomento, que además estimaba oportuno separar las obras: por una parte el parque, por otra el kiosco. Ramiro Leza redactaría los pliegos de condiciones para la realización de las obras y asumiría también la dirección facultativa. A comienzos de enero de 1917 se sacaba a subasta las obras del parque, que se adjudicaban a finales de ese mismo mes a Pantaleón Rementería por 4.512 pesetas. Las obras para acondicionar la explanada como parque público se dieron por terminadas en junio de 1917.

Las condiciones del arriendo del terreno acordadas entre las partes se aprobaron en la sesión del Ayuntamiento celebrada el 20 de junio de 1917. Tres meses después, el 15 de septiembre de 1917, el alcalde Juan Jose Mendizabal y el presidente de la Junta de Obras del Puerto Ramón de la Sota rubricaron el contrato de arriendo. De las siete condiciones es interesante resaltar la segunda: No podrá el Ayuntamiento levantar otras construcciones que un kiosco para la música, debiendo dedicarse el resto del terreno a jardines públicos. La renta anual que el Ayuntamiento debía pagar era simbólica: 50 pesetas.

La construcción del kiosco, diseñado también por Ramiro Leza Agost, se acordó en febrero y finalizó en octubre, pero una serie de deficiencias alargaron la recepción de la obra unos meses más. Finalmente, la ceremonia de inauguración y bendición del parque y del kiosco tuvo lugar el domingo 31 de marzo de 1918 a las 12 horas.

A finales de 1917 se acuerda trasplantar 21 árboles de la actual plaza Juan José Mendizabal al nuevo parque. Y poco a poco se fueron plantando numerosas especies arbóreas, algunas poco habituales hasta entonces: secuoyas de California, cedros del Himalaya, aligustres del Japón y palmeras americanas y africanas, entre otras. El Ayuntamiento y la sociedad Bihotz Gaztea editaron en 2005 una publicación al respecto.

Algunas fuentes apuntan a que este espacio ha sido declarado parque de interés histórico-artístico, pero yo no he encontrado ninguna referencia al respecto. Sin embargo, es cierto que fue declarado Conjunto de Conservación Integral según el PGOU aprobado definitivamente por Orden Foral 140/1998, de 12 de marzo, del Departamento de Urbanismo de la Diputación Foral de Bizkaia.

En 1981, el Estado transfirió la propiedad del terreno que constituye el parque al Ayuntamiento de Santurtzi. Desde entonces puede intervenir con total libertad sobre este espacio. La primera gran renovación que he documentado es la que se ejecuta en 1985. Así nos lo contaban en la prensa el 1 de marzo de 1985.

A comienzos de la década de los noventa del pasado siglo, la denominada calle peatonal se aprovecha para construir un aparcamiento subterráneo.

En 2003 se instalan sobre los parterres varias esculturas que forman parte del  denominado Museo de Esculturas al aire libre.

El 10 de julio de 2003 se inauguró la nueva estación de ferrocarril, ubicada 100 metros antes que la anterior. Dejó libre un espacio que se utilizó como aparcamiento provisional en superficie (y años después subterráneo). También se aprovechó para construir un tanque de agua de tormentas de 12.000 metros cúbicos de almacenaje (inaugurado el 10 de diciembre de 2007) y dos pequeños edificios unidos por una pérgola. El primero acoge la oficina de información juvenil, el Gaztebox, inaugurada el 18 de diciembre de 2007. El segundo da acceso a la maquinaria del tanque de tormentas. El 16 de mayo de 2008 se inauguraba, además, un área de juegos infantiles de casi 700 metros cuadrados.

La segunda gran renovación tiene lugar en 2009. Los trabajos costaron algo más de tres millones de euros, financiados por el primer Fondo Estatal de Inversión Local. Las obras comenzaron en junio y la reforma se inauguró el sábado 27 de febrero de 2010.

Se renovó el pavimento, la red de saneamiento, la iluminación, los aseos públicos y el mobiliario urbano. También se instaló un sistema de riego automático para los jardines. Una vez concluidas las obras, el parque ganó un 10% de zonas verdes. Además, se plantaron veinte árboles más, ocho de los cuales sustituían a los árboles muertos. En total, tras la reforma, el parque contaba con aproximadamente 150 ejemplares.

Durante la reforma, tuvo lugar un curioso hallazgo. Bajo los jardines se encontró un espacio olvidado que sirvió como refugio durante la Guerra Civil, pero originalmente diseñado para acoger aseos públicos, según parece. No tiene valor arquitectónico, pero sí simbólico. Fue sepultado de nuevo, pero una placa en el suelo señala su ubicación.

Otro de los elementos más característicos del parque, exceptuando el kiosco, la fuente de los monos, también fue renovada completamente en 2009, aunque la nueva mantiene una notable semejanza con la sustituida, instalada en 1974. Sin embargo, no fue la primera, sino la tercera fuente ornamental que ocupaba ese mismo lugar. Y siempre con polémica derivada de las condiciones del arriendo que solo permitía una edificación en el parque, el kiosko.

En principio, en 1918 se trasladó la fuente ornamental de 1882 que se ubicaba delante del palacio de Casa Torre, junto a la entrada de la antigua Escuela de Náutica.

Sin embargo, en 1922 se tuvo que trasladar unos 50 metros más al este, fuera del terreno ganado al mar, a consecuencia de la denuncia de una vecina, Liboria de la Iglesia, que mantenía un contencioso, sin relación con el parque, con el Ayuntamiento.

Luego, hacia 1926, se instaló una pequeña fuente de cantos rodados y pequeño surtidor y cascada. En la imagen podemos observar las dos fuentes: en primer lugar la de cantos y en segundo plano, casi en línea recta, la fuente de 1882.

Otra imagen de la fuente y del paseo de los rosales desde la perspectiva opuesta.

En la reforma de 2009 se eliminó la estructura ya abandonada de la gasolinera que había dejado de dar servicio hacia ya un año. La eliminación de esta peligrosa actividad había sido una de las reivindicaciones más demandadas de los vecinos próximos. El primer surtidor se instaló entre 1927 y 1930 en el lugar que ahora ocupa la escultura del Niño pescando, más o menos. La proximidad del surtidor a la iglesia facilitó su incendio en 1932.

Desde 1967 se ubicó en el lado opuesto del parque, junto a los baños, hasta que dejó de dar servicio a comienzos (primavera) de 2008.

El 29 de marzo de 2010, apenas un mes después del estreno del renovado parque, se inauguró un nuevo elemento ornamental, la estatua del niño pescando que nos recuerda y señala hasta donde llegaba el mar a comienzos del siglo XX.

En 2012 se procede a su ampliación en más de 8.600 metros cuadrados de zonas verdes sobre la cubierta del aparcamiento subterráneo. Se trató de un novedoso proyecto de urbanismo denominado “Los barcos traen promesas” en el que el uso y disfrute por parte de los ciudadanos es el principal objetivo, con especial atención a la vegetación, alternando praderas, jardineras, parterres en forma de olas de césped, etc. y con una iluminación que cobra gran importancia. Este diseño fue el más votado entre los siete presentados al concurso de proyectos para la ampliación del parque. Se inauguró el 24 de julio de ese mismo año.

Y a lo largo de sus cien años de vida, el parque ha cambiado su denominación oficial en varias ocasiones, al compás de los tiempos. En algunos documentos de 1923-1926 se le llama parque de Murrieta, quizás por confusión o por metonimia. Oficialmente, se denominó en primer lugar, el 30 de abril de 1927, parque Alfonso XIII. Con el advenimiento de la II República pasó a llamarse parque Galán y García Hernández el 26 de abril de 1931. Tras la ocupación de nuestro municipio por las tropas franquistas el parque recibió un nuevo nombre, el parque del Generalísimo Franco, el 7 de julio de 1937. Finalmente, el 15 de mayo de 1980, se denominó parque de Santurtzi.

Cien años después siguen plenamente vigentes las palabras con que finalizó su discurso el alcalde Juan José Mendizabal.

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Febrero es un mes significativo para el elegante chalet Sanginés, tristemente desaparecido. En febrero de 1878 (hace ahora 140 años) aparece la primera referencia a su construcción y en febrero de 1973 (hace ahora 45 años) se procedió a su demolición. Durante su casi un siglo de vida fue, en mi opinión, la mansión familiar más sobresaliente del patrimonio arquitectónico de nuestro municipio. Y ya es hora de dedicarle una entrada.

Todo comienza, hasta donde he podido investigar, a finales de febrero de 1878. Ángel Balparda, entonces vecino de Portugalete, solicita al Ayuntamiento del Concejo de Santurce licencia para quitar temporalmente unos árboles recién plantados en el paseo de la avenida Murrieta. Estos árboles impedían el acceso a una finca en donde se iba a comenzar a edificar una vivienda unifamiliar para su yerno José Sanginés Umaran. Se trata de una de las primeras residencias, villas o chalets construidos sobre la costa santurtziarra entre el antiguo puerto pesquero y Peñota, en el límite con Portugalete, durante la Belle Époque.

Para valorar en su justa medida el chalet Sanginés es imprescindible leer con detenimiento un documentado artículo de Maite Paliza Monduate titulado La importancia de la arquitectura inglesa del siglo XIX y su influencia en Vizcaya.

La arquitectura inglesa de la época victoriana (1837-1901) ejerció gran influencia en la de otros muchos países, sobre todo en la arquitectura residencial. La casa en sus numerosas versiones fue la gran protagonista de la arquitectura inglesa de la época. Es un fenómeno que se denomina Domestic Revival. Estuvo dominado por dos corrientes: por un lado, el Historicismo o Eclecticismo con una gran variedad de estilos (Neogótico, Old English, Reina Ana) y, por otro lado, el Pintoresquismo (con rasgos de Orientalismo y Romanticismo). En multitud de edificios podemos apreciar, mezcladas, influencias de los diferentes estilos.

En el caso del chalet Sanginés, el estilo arquitectónico empleado es el Reina Ana victoriano (no hay que confundirlo con el Reina Ana del s. XVIII) con algunos rasgos del Neogótico y Old English. El estilo Reina Ana nace en los años 70 del siglo XIX. Emplea, como el Old English, el ladrillo visto. Tiene una concepción asimétrica del edificio. Las ventanas se colocan con libertad y el tipo preferido es el de guillotina, de madera pintada de blanco y múltiples paneles de cristal. También se emplean los miradores oriel-window y bay-window. En las fachadas pueden aparecer motivos decorativos como pilastras de ladrillo, hornacinas con algún motivo escultórico y jarrones enlazados por guirnaldas y girasoles. Los hastiales tenían formas variadas, aunque eran típicos los que acababan en esquemas avolutados. Los tejados, como los el Old English, eran muy complicados y tenían ventanas que correspondían a habitaciones abuhardilladas.

Las fotografías nos permiten hacernos una idea más clara del estilo arquitectónico empleado en el chalet Sanginés.

Otros ejemplos de casa con torre-faro, cada una en su estilo y muy reformadas, se conservan todavía en diferentes localidades de nuestro entorno: Villa Clotilde en Bakio [su historia en este enlace] y Kurutz Alde en Lekeitio, sin ir más lejos.

Como he comentado, la construcción del chalet es una iniciativa del galdamés José Sanginés Umaran que cinco años antes, en 1873, se había casado en la iglesia de San Jorge con María Encarnación Balparda Baladia, nacida en Santurtzi en 1853 y fallecida en 1902. M.ª Encarnación era hija de Ángel Balparda Gorrondona, alcalde del Concejo de Santurce entre 1868 y 1872, y de su segunda esposa, María Encarnación Baladia Quintana, que falleció en Santurtzi en 1918, como consecuencia de la tristemente famosa pandemia de gripe de 1918.

José Sanginés, nacido en el barrio de Montellano de Galdames en 1829, era el típico propietario benefactor de la época, el equivalente a nuestro Cristóbal Murrieta. Era el cuarto hijo de José Sanginés y Ramona Umaran. En el siguiente cuadro, obtenido del Archivo Histórico Eclesiástico de Bizkaia, podemos observar las diferentes grafías de los apellidos.

Su familia había poseído dos ferrerías y un molino. En 1863 edificaron una gran casona, actualmente en ruinas, en el solar en el que había arraigado el linaje en Galdames. Imágen facilitada por Nagore Orella Ruiz, del grupo de Facebook Montellano-Galdames.

También contribuyó a la financiación del retablo del altar mayor de la iglesia de Santa María de Montellano, instalado en 1869. Y sostenia a sus expensas una escuela de instruccion primaria. Así nos lo presentaban en la prensa de la época. 

José Sanginés y Encarnación Balparda tuvieron varios hijos. Los cinco primeros están bautizados en Bilbao, lo que probablemente indica que residían allí. El sexto está bautizado en Portugalete en 1881 y los dos últimos en Santurtzi en 1882. Además, sin cumplir un año de edad, también fallecen en Santurtzi. Todo parece indicar que el chalet Sanginés ya estaba acabado y habitable. En el siguiente cuadro, obtenido igualmente del AHEB, podemos observar la variabilidad que existe en la grafía de los apellidos.

Desgraciadamente, el promotor del chalet falleció inesperadamente el 30 de diciembre de 1884. Apenas pudo disfrutar de su preciosa casa de recreo veraniego.

Algunas fotografías antiguas nos muestran la situación del chalet y las magnificas vistas que tenía del Abra.

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El matrimonio de José Sanginés y Encarnación Balparda unía varios linajes encartados que, a lo largo del último cuarto de siglo XIX, dejaron su impronta en el patrimonio arquitectónico de nuestro municipio.

Árbol genealógico Balparda

Una cuñada de José Sanginés, Adela Balparda Baladia, casó con Rafael Amezaga Piñaga. De sus hijos la más conocida fue Leonor Amezaga Balparda. Fueron los propietarios de otra residencia unifamiliar, el palacete Bellamar en Campo Grande, con excelentes vistas sobre el Abra. En la imagen, es el de la izquierda. El de la derecha es el palacete Arana-Vidósola (antes de la reforma).

Uno de los primeros hijos de José Sanginés y Encarnación Balparda, Pedro Sanginés Balparda, nacido en Bilbao en 1877, fue un deportista que destacó en esgrima y aeronáutica (fue piloto de aviación). Su trayectoria se recoge en el libro, editado por Euskal Museoa, Galería de celebridades vizcaínas. En el Torneo Nacional de Esgrima de 1900, en la modalidad de sable, participaron los hermanos José y Pedro Sanginés Balparda, discípulos del maestro de esgrima Pedro Duccouso. Pedro Sanginés Balparda contrajo matrimonio con María Teresa Aznar González, nacida en 1890 y fallecida en Getxo el 22 de enero de 1968. Ya viuda, sucedió en el título de marqués de Bérriz en 1959. Pedro murió asesinado en Madrid a comienzos de la Guerra Civil, el 7 de noviembre de 1936.

Otra hija, Elena Sanginés Balparda, contrajo matrimonio con Francisco Taramona Díaz de Entresotos. Y una cuñada de Elena, Dolores Taramona y Díaz de Entresotos, marquesa de Astorga y duquesa de Sessa por su matrimonio con Francisco Osorio de Moscoso y Jordán de Urríes, tenía también una mansión familiar muy próximo al chalet Sanginés, el palacete Taramona.

Otro personaje entroncado con esta familia fue José Villalba Avilés, fallecido el 14 de abril de 1932. Había contraído matrimonio con Amparo Sanginés y Balparda. Una hija de este matrimonio, Carolina Villalba Sanginés, se casó con el marqués de Perales. Este matrimonio también tenía una mansión familiar en las cercanías, junto al hospital San Juan de Dios.

Siguiendo con la historia del protagonista de la entrada, en 1959, las Hermanas Carmelitas Teresas de San José deciden fundar un colegio en Santurtzi y para tal fin la congregación adquirió el chalet Sanginés, rodeado todavía de un parquecito con tilos. En un extremo del parque aún se mantenía un edificio exento destinado al servicio y otros fines, algo común en este tipo de mansiones. Este conjunto era propiedad del sacerdote Jesús González López de Lacalle, que había dirigido en él una importante obra social: el Solacium Alma Mater.

El 29 de septiembre de 1959 quedaba constituida la primera Comunidad de Hermanas Carmelitas Teresas de San José. Estas hermanas llevaron a cabo los preparativos para acoger a las primeras alumnas con las dificultades propias de todos los comienzos y el 15 de noviembre de 1959 abría las puertas el Colegio San José-Hermanas Carmelitas.

Año tras año, el número de alumnos fue creciendo. Este progresivo aumento de las matrículas hizo urgente la ampliación del edificio, por ello, en el año 1963 se construyó, al lado del chalet, un edificio de siete plantas, de las que inmediatamente se habilitaron cinco. A comienzos de los años setenta se vio la necesidad no solo de ampliar el número de aulas sino de hacerlas más espaciosas.

En consecuencia, en febrero de 1973 se derribó el primitivo chalet y en su lugar se construyó un pabellón de cuatro plantas que completaba la edificación anterior. El 19 de mayo de 1974 tenía lugar la inauguración solemne de los nuevos locales con instalaciones más modernas y funcionales: aulas, gimnasio, comedores, cocina, patio cubierto, etc. Y el antiguo chalet Sanginés fue cayendo en el olvido…

Tengo que agradecer la colaboración de mi buena amiga donostiarra Marisol Etxeberria, siempre pendiente de lo que se publica relativo a la historia y patrimonio de su ciudad, por haberme conseguido dos interesantes publicaciones tituladas Villas de San Sebastián y Villas de San Sebastián II. Dos obras consecutivas, editadas en 2016 y 2017, realizadas por Lola Horcajo Calixto y Juan José Fernández Beobide, que reúnen y analizan, como dice el subtítulo, las villas donostiarras de la Belle Époque con historia.

En el segundo volumen, sin identificación ni referencia alguna, aparece la mejor fotografía que existe del chalet Sanginés. Una fotografía realizada por José Brunet y que forma parte del Archivo del Marqués de la Real Defensa.

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