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Posts Tagged ‘Cementerios’

Comentaba en la entrada precedente que, en la actualidad, los cementerios se han convertido en un recurso turístico-cultural. Numerosos municipios ofrecen visitas guiadas a sus monumentales cementerios que contienen sepulturas realizadas por arquitectos y escultores de renombre y que constituyen verdaderas obras de arte al aire libre. Sin ir más lejos, el cementerio de Vista Alegre en Derio (el cementerio municipal de Bilbao), inaugurado en 1902, es uno de ellos. Es muy recomendable la lectura del trabajo de Xabier Sáenz de Gorbea sobre la escultura funeraria presente en el mismo, entre las que hay una Piedad del santurtziarra Ricardo Iñurria. también es recomendable la visita a los cementerios de Portugalete, Getxo y Castro Urdiales.

El cementerio municipal de Santurtzi es mucho más modesto, pero si se mira bien se pueden encontrar algunos ejemplos destacables. Incluso se puede intuir, por su estilo, qué sepulturas se trasladaron del cementerio viejo al actual.

En YouTube podemos encontrar un video que nos permite realizar un paseo virtual por el cementerio en el que podemos detenernos en aquellos elementos funerarios que tienen relevancia desde el punto de vista patrimonial y artístico.

La estética del panteón Amézaga-Balparda es neogótica y dispone de una vidriera, probablemente realizada por la casa Delclaux y Cía, como las de la casa consistorial.

Los capiteles que sostienen el arco apuntado de entrada al panteón presentan una iconografía curiosa pero a la vez clásica en este tipo de estructuras.

puerta panteón amézaga

capitel con búhos

A los testimonios heráldicos presentes en él ya les he dedicado une entrada titulada Heráldica en el cementerio de Santurtzi.

Amezaga2 - copia

Balparda2 - copia

Vergonzoso es, sin embargo, el estado en que se encuentra el panteón de los Murrieta en el que está inhumado el mecenas local, Cristóbal Murrieta Mello. A la falta de mantenimiento se ha sumado el vandalismo, se han llevado las cadenas de hierro que circundaban la parcela.

Otras sepulturas han recibido últimamente un necesario lavado de cara. Es el caso del panteón de los Oraá Sanz,  sobre el que se alza un fabuloso, y ahora reluciente, trabajo sobre mármol blanco del escultor Higinio Basterra Berastegui (1876-1957), una crucifixión realizada en 1933.

A su lado, y avanzando hacia la capilla, podemos ver otros buenos ejemplos de estatuaria funeraria: un Sagrado Corazón (obra firmada por Ricardo Iñurria) y San José, con su inseparable ramo de azucenas.

También es reseñable este otro panteón que destaca por la limpieza de la estatua de Cristo crucificado. No muy lejos podemos ver un panteón similar que necesita urgentemente una limpieza.

Otros ejemplos de estatuaria funeraria que podemos ver en el cementerio y que también necesitan una limpieza son los siguientes:

Hace tiempo dediqué una entrada al monumento a la memoria de los hermanos Gómez-Marañón. Con el tiempo ha pasado de ser en origen un monumento funerario erigido en un cementerio a ser en la actualidad un monumento conmemorativo ubicado en un parque público.

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Como comentaba en la entrada precedente, dedicada al cementerio viejo, la primera propuesta para trasladar el camposanto de ubicación data del 30 de abril de 1910. Es evidente que el casi centenario cementerio es insuficiente para un municipio cuya población casi se había triplicado en los últimos años. Además, está enclavado en el centro el pueblo, junto al hospital asilo y las escuelas municipales y en un plano superior por lo que se producen filtraciones de líquidos de putrefacción en la capa freática con el consiguiente peligro para la salud de los santurtziarras.

A finales de 1923 el Ayuntamiento decide emplazar el nuevo cementerio en el barrio de Kabiezes, entonces poco poblado. La Comisión de Fomento expone que las campas de Bizio en Cotillo cumplen con los requisitos exigidos para construirlo y se encarga al arquitecto municipal Emiliano Pagazaurtundua el proyecto. Del mismo destaco dos planos: el primero  que nos indica a quienes correspondía la propiedad de los terrenos y el segundo en que vemos la organización interna del cementerio, así como el diseño de la capilla, portada de acceso y tumbas. La flecha roja señala el cementerio civil, separado y con acceso propio.

En marzo de 1928 se adjudican las obras al contratista Juan Dimas Garmendia, vecino de Portugalete, por la cantidad de 92.100 pesetas, y dos años después, el 20 de mayo de 1930, se procedió a la clausura del viejo cementerio y a la inauguración del nuevo cementerio. La prensa de la época reseñaba la noticia con detalle.

Durante la II República los cementerios se secularizan y pasan a depender exclusivamente de las autoridades municipales a partir del 9 de julio de 1931. A partir del 8 de enero de 1932 se permite la cremación. Todas estas transformaciones se recogen en la ley de cementerios municipales y su posterior reglamento. La ley, de 30 de enero de 1932, da inicio con “Ios cementerios españoles serán comunes a todos los ciudadanos, sin diferencias fundadas en motivos confesionales”, para proseguir con artículos que contemplan la colocación de la inscripción Cementerio Municipal en las portadas, la práctica de ritos funerarios únicamente en la sepultura, y la desaparición física de las tapias separado ras de los cementerios católico y civil. Toda guarda, administración, régimen y gestión corresponderán a los Ayuntamientos.

Quizás en ese momento se sustituye la inscripción Requiescant in pace que aparece en el proyecto por la que actualmente vemos en el acceso al cementerio.

Durante los primeros años de actividad del nuevo cementerio se procede adjudicar nuevas parcelas de terreno a aquellos vecinos que lo solicitan, muchos de ellos a cambio, en permuta, de las que ya tenían en el cementerio clausurado. Anastasio Amesti, el maestro cantero, edificará casi todos esos nuevos panteones.

El triunfo de los sublevados contra la legalidad republicana significará una vuelta atrás en lo que se refiere a legislación y práctica de enterramientos. Con anterioridad al fin de la guerra civil ya se establecen varias disposiciones en ese sentido. La Ley de Cementerios de 1938 desprende el máximo espíritu confesional: las autoridades municipales restablecerán en el plazo de dos meses, a contar desde la vigencia de esta ley, las antiguas tapias, que siempre separaron los cementerios civiles de los católicos.

Se reconocen y devuelven a la Iglesia y a las parroquias los cementerios incautados, quedando bajo la total jurisdicción eclesiástica los cementerios católicos, y bajo la civil los cementerios civiles, debiendo desaparecer de estos últimos todas las inscripciones y símbolos de sectas masónicas y cualesquiera otros que de algún modo sean hostiles u ofensivos a la Religión Católica o a la moral cristiana.

En lo que concierne a Santurtzi, el primer Ayuntamiento franquista encarga a Anastasio Amesti la construcción en lugar preferente de un panteón colectivo para las personas asesinadas en el asalto al barco prisión Cabo Quilates que habían sido enterradas individualmente en el cementerio. Este monumento funerario conmemorativo fue inaugurado el domingo 2 de octubre de 1938.

En los últimos 40 años han cambiado muchas cosas. A finales de los años 60, la transformación de la sociedad, el aumento del número de habitantes que viven en áreas urbanas y la limitación de espacio libre condiciona la morfología de los cementerios: comienzan a imponerse los bloques de nichos.

La ley 49/1978, de 3 de noviembre, de Enterramientos en Cementerios Municipales deroga la ley franquista de 10 de diciembre de 1938. Establece que los Ayuntamientos están obligados a que los enterramientos que se efectúen en sus cementerios se realicen sin discriminación alguna por razones de religión ni por cualesquiera otras y, en consecuencia, se elimina la separación física entre cementerios católicos y civiles.

La Ley 7/1985, de 2 de abril, Reguladora de las Bases del Régimen Local establece que los municipios tienen competencia en materia de cementerios y servicios funerarios. Esta competencia supone, además, una obligación por lo que deberá prestarse en todos los municipios, con independencia de su número de habitantes. Los vecinos pueden exigir la prestación de este servicio público que, en el caso de Santurtzi, se regula mediante un Reglamento de Régimen Interior del Cementerio municipal aprobado en el pleno celebrado el 27 de febrero de 2015.

Respecto a los ritos fúnebres y oficios mortuorios, las prácticas seguidas durante siglos comienzan a abandonarse en una sociedad cada vez más secularizada y van quedando en el olvido. La sociedad cambia y resulta inevitable que también lo hagan sus costumbres. Las prácticas mortuorias siguen siendo manifestaciones de tristeza, pero con rituales y manifestaciones de dolor acordes a los tiempos que nos ha tocado vivir. Son rarísimos los funerales de cuerpo presente. Cada vez son más numerosas las ceremonias civiles en tanatorios y la cremación posterior. Es cada vez más habitual prescindir de los cementerios y depositar las cenizas en lugares por los que los familiares fallecidos sentían especial aprecio.

Sin embargo, hasta no hace muchos años, cuando fallecía un familiar se amortajaba y velaba al difunto en su domicilio durante un día (alrededor de veinticuatro horas). El siguiente paso era la conducción del cadáver a la parroquia. El cadáver se deposita en una caja de madera, el ataúd. La salida del féretro del domicilio, se producía siempre con los pies por delante, costumbre que ha derivado en la aparición de la conocida expresión popular. Para el traslado hacia la iglesia, se organizaba una comitiva con un orden determinado. Lo normal era que la caja mortuoria fuese llevada en andas, apoyada sobre los hombros de cuatro individuos, familiares o amigos del finado. Finalizado el oficio funeral se trasladaba el cadáver al cementerio en donde recibía sepultura.

Para ilustrar parte de estas costumbres podemos recurrir a las imágenes del funeral de Manuel Martín Doradel, presidente de la Cofradía de Pescadores y concejal en el Ayuntamiento. Manuel Martín, Maneko, falleció en agosto de 1961.

Otra de las costumbres que en este caso aún pervive es la visita anual al cementerio el primero de noviembre, cuando la Iglesia Católica celebra la festividad de Todos los Santos. Cientos de santurtziarras se acercan al cementerio municipal para honrar a sus familiares difuntos. El Ayuntamiento pone a punto las instalaciones y los santurtziarras limpian y engalanan las sepulturas con adornos florales. Aunque para no faltar a la verdad, cada vez son menos.

Otra costumbre ya desaparecida con los nuevos tiempos era la de aprovechar esa festividad para estrenar nueva ropa de invierno: el abrigo o la gabardina. La visita al cementerio era un acto social al que había que ir con las mejores galas.

Todos estos cambios pueden en un futuro complicar las investigaciones genealógicas para las que los libros de enterramiento, las esquelas y los recordatorios son fuentes de información muy útiles.

En la actualidad, los cementerios se han convertido en un recurso turístico-cultural. Se ofrecen visitas guiadas a los principales cementerios que contienen sepulturas realizadas por arquitectos y escultores y que constituyen verdaderas obras de arte al aire libre.

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Como decíamos en la entrada precedente, el 3 de abril de 1787 se emite la Real Cédula en la que el rey Carlos III decreta la obligación de construir recintos dedicados a cementerios alejados de los núcleos de población para velar por la salud pública.

Esta Real Cédula se complementa con la circular firmada por Carlos IV el 28 de junio de 1804 en la que se especifica algunas características morfológicas que deben cumplir esos nuevos  cementerios. Deben construirse en sitios elevados, bien ventilados, aprovechando, si es posible, ermitas preexistentes que puedan reutilizarse como capillas. Deben elegirse terrenos cuyas características faciliten la degradación de la materia, sin posibilidad de efectuar contacto con las capas freáticas. El área destinada a los enterramientos deberá estar descubierta, al aire libre, y disponer de espacios específicos para párvulos, clérigos, etc. en su interior. Se permite la erección de sepulturas de distinción (capillas y panteones). El recinto deberá cercarse con un muro o una valla de dos metros de alto para impedir el paso de animales o personas que pudieran profanarlos. El acceso a los cementerios se hará a través de puertas de hierro con candado.

Respecto al tamaño, la superficie del cementerio deberá ser tal que sus medidas permitan asumir las necesidades de inhumación de cadáveres de un año, calculados según el recuento estadístico de los cinco últimos años como media, con dos cadáveres por sepultura y un período de tres años para la consunción de los restos orgánicos.

Respecto a la distancia que separa el nuevo cementerio del núcleo de población, esta se relaciona con el número de habitantes. Si la localidad sobrepasa los 20.000 habitantes el cementerio se ubicará a más de dos kilómetros, si tiene más de 5.000 habitantes se ubicara a más de un kilómetro y para poblaciones más pequeñas serán suficientes 500 metros. Habría ciertas excepciones en el caso de núcleos dispersos dentro de un mismo municipio.

Sin embargo, la circular de Carlos IV no determina la jurisdicción municipal o eclesiástica de las nuevas construcciones. Surge así una jurisdicción mixta eclesiástico-civil del cementerio. La legislación desarrollada a  lo largo del siglo XIX establece que compete a los ayuntamientos la creación, conservación y custodia de los cementerios. Así lo establece la ley 8 de enero de 1845 y la de 21 de octubre de 1868. El expediente del cementerio deberá ser instruido por el Ayuntamiento, contando con la asesoría de la Junta Municipal de Sanidad y el cura párroco. El plano será autorizado por un arquitecto, ingeniero o maestro de obras.

Como he comentado en la entrada precedente, no he encontrado hasta el momento ningún documento relativo a la construcción del nuevo cementerio que sí que parece cumplir los requisitos contenidos en la circular de Carlos IV. Afortunadamente sí que he encontrado un interesante documento fechado el 29 de febrero de 1844: un informe de la comisión nombrada por el Ayuntamiento de Santurce para reconocer e inspeccionar el cementerio o camposanto del concejo. La comisión está constituida por Juan Francisco de Arrarte, Leonardo de Zuazo y Manuel de Llantada, el cura párroco, Nicolás de la Pedraja en aquel entonces, y el cirujano Justo de Cosca.

De este informe se deduce información muy interesante. La comisión advierte que son necesarias algunas reformas en el muro perimetral, puerta de acceso y en el propio interior del cementerio. Deduzco que el cementerio lleva unos cuantos años en uso y se ha ido deteriorando por falta de mantenimiento.

Esta reforma se acomete en algún momento después, aunque no tengo datos precisos. Es interesante una referencia que aparece en los libros de cuentas de la parroquia de san Jorge en 1857. Se anota un ingreso de 532 reales procedentes de la venta al Ayuntamiento del terreno de la ermita del beaterio de la Merced para ampliación del cementerio.

Parece ser que el encargado de redactar el proyecto es el arquitecto Antonio de Goycoechea Ercoreca, el mismo que realiza la antigua Escuela de Náutica, según se desprende de la correspondencia intercambiada entre Cristóbal de Murrieta y Juan María Ybarra. Y se erigirá una capilla particular propiedad de los Murrieta. En este camposanto recibirá sepultura el cadáver del prócer local a finales de agosto de 1869.

Quien puede recibir sepultura en el cementerio quedaba en manos de las autoridades eclesiásticas. Esto constituirá un crónico tema de fricción entre las autoridades eclesiásticas y municipales. Dado que el espacio del cementerio se circunscribe al mundo católico, quedan fuera de él todos los que no se integran en la comunión de fieles con derecho a sepultura en tierra consagrada: apóstatas, excomulgados, suicidas y pecadores públicos.

Avanzado el siglo XIX, se incorpora la libertad de cultos al ordenamiento jurídico (constitución de 1869, constitución de 1876) y se amplían los cementerios con espacios para los no católicos, adyacentes a los cementerios católicos pero claramente separados. Los terrenos contiguos deberán estar rodeados de un muro similar al del camposanto católico. El acceso se hará por una puerta principal independiente por el que entrarán los cadáveres para ser inhumados y las personas que los acompañen.

Así, en octubre de 1880, el Ayuntamiento de Santurce procede a sacar en pública subasta las obras de construcción de un cementerio para los no católicos y niños sin bautizar (para disidentes en el documento original). Se adjudica el remate de las obras a Manuel Calvo por un importe de 1.967 pesetas. El proyecto de esta ampliación es redactado por el maestro de obras Francisco de Berriozábal.

La puerta de acceso, según se presenta en el proyecto, no puede ser más tétrica.

Casi al mismo tiempo se acomete la ampliación del viejo cementerio y la construcción de un segundo cementerio entre los barrios de Nocedal y Ortuella por ser insuficiente el primero, debido al notable incremento de población experimentado en la zona minera del entonces Concejo de Santurce. La Diputación de Bizkaia aprobó su construcción el 29 de julio de 1882 y se inauguró el 20 de noviembre de 1883. El proyecto fue obra del arquitecto Casto de Zavala Ellacuriaga (Elorrio, 1844 – 192?).

Respecto a la ampliación del cementerio ubicado en el “casco”, se conservan planos firmados por el maestro de obras Francisco de Berriozábal. Parte de los terrenos que se añaden al cementerio eran propiedad de Casilda de la Quintana Murrieta. La ampliación fue realizada por el contratista Juan Urrutia y con ella prácticamente se dobla la superficie del camposanto.

En 1898 el arquitecto Emiliano Pagazaurtundua levanta un nuevo plano que no difiere demasiado del anterior. En 1904 el mismo arquitecto estipula las condiciones con arreglo a las cuales se construirá una caseta con destino a depósito de cadáveres y sala de autopsias.

En aquellos primeros años del siglo XX la cesión de una parcela de 12 metros cuadrados costaba entre 675 y 900 pesetas. Las familias más pudientes solicitaron parcelas de entre 4,5 y 12 metros cuadrados para emplazar sus panteones familiares (Alzaga, Amezaga, Aramburuzabala, Balparda, Basaldua, Basarte, Castaño, Goyarzu, Mendizabal, Murrieta, Pagazaurtundua, Quintana, Ulacia, etc.).

El 30 de abril de 1910 documentamos la primera propuesta para trasladar el camposanto de ubicación. El concejal Pablo Larrabide presenta una moción para clausurar el cementerio y trasladarlo a otro lugar con mejores condiciones higiénicas. El Ayuntamiento comisiona a José Loidi, Juan José Mendizábal, al arquitecto Emiliano Pagazaurtundua, al médico titular Guillermo Gorostiza y al proponente para que informen al respecto. En mayo se acuerda ejecutar trabajos de calicatas en un terreno de Bizio, en el barrio de Kabiezes, para conocer las condiciones edafológicas del mismo. Para finales de 1911 ya se ha decidido que ese emplazamiento es idóneo y se autoriza a la comisión para que se entienda con los propietarios de los terrenos. La construcción del nuevo cementerio se demora por las dificultades económicas que tiene el Ayuntamiento para afrontar la tarea a pesar de que es evidente que el viejo cementerio es insuficiente y está enclavado en el centro el pueblo, junto al hospital asilo y las escuelas municipales y en un plano superior por lo que se producen filtraciones de líquidos de putrefacción.

En la imagen siguiente, fechada en 1925, se señala con una flecha roja el cementerio católico y con una flecha amarilla el cementerio para disidentes.

Imágenes con más detalle del viejo cementerio apenas existen. Se conserva una, de cuando ya había sido clausurado, en el que se aprecia el arco neogótico de acceso.

A finales de 1923, la Comisión de Fomento informa que las campas de Vicío en Cotillo cumplen con los requisitos exigidos para construir el nuevo cementerio y, en consecuencia, el Ayuntamiento acuerda aceptar dicho emplazamiento y encargar al arquitecto Emiliano Pagazaurtundua el proyecto. En junio de 1925 se aprueba el proyecto. Se procede a la expropiación de los terrenos afectados y se adjudican las obras en marzo de 1928 al contratista Juan Dimas Garmendia, vecino de Portugalete, por la cantidad de 92.100 pesetas. Pero esto ya forma parte de la historia del cementerio actual…

El 20 de mayo de 1930 se procedió a la clausura del viejo cementerio y a la inauguración del nuevo cementerio, ubicado en el paraje Bizio, en el barrio de Kabiezes. Nuevamente se alejaba del centro de la población. La prensa de la época reseñaba la noticia con detalle.

En julio de 1931 se acuerda instalar un cierre de madera en las puertas del cementerio católico y civil recién clausurados para evitar que se vea el interior de éstos. Y una de las últimas menciones al cementerio viejo la encontramos en 1947. Una vez clausurado el cementerio el solar permanece sin uso durante quince años. Pasado ese tiempo, el Ayuntamiento acuerda con Anastasio Amesti su limpieza de escombros y piedra para poder disponer del terreno en el futuro. Así mismo, el Ayuntamiento había encargado con anterioridad al maestro cantero el traslado al nuevo cementerio de las tumbas de los hermanos Gómez Marañon y del médico Lino A. Rúa.

No puedo acabar la entrada sin recordar que hasta 1933 los barrios de Galindo, La Sierra, Rivas y Repélega pertenecían al municipio de Santurtzi y, en consecuencia, sus vecinos al fallecer eran enterrados en el cementerio viejo. Los cortejos fúnebres cruzaban todo Portugalete hasta llegar a su destino final y provocaban, a menudo, quejas de los vecinos y regidores de la villa jarrillera por el itinerario elegido.

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La interesante historia de los cementerios santurtziarras, que he resumido en el artículo publicado en noviembre en ensanturtzi.com, puede dividirse en tres periodos:

  • hasta aproximadamente 1815, cuando los enterramientos se hacen en torno a la iglesia y en su interior,
  • entre 1815 y 1932, cuando se realizan en el cementerio viejo,
  • y desde 1932, cuando se realizan en el cementerio actual.

En primer lugar, hay que aclarar que enterrar a los difuntos en el entorno de los templos data de antiguo y es previa a los efectuados en el interior. En Bizkaia existen numerosos ejemplos de cementerios de la Alta Edad Media situados en torno, alrededor, o junto a un templo. A partir del siglo XII comenzaron a realizarse enterramientos en el interior de las iglesias, sobre todo en las pertenecientes a órdenes religiosas. Esta costumbre se consolida por razones religiosas y económicas. Se pensaba que los enterramientos en el interior del templo hacían más efectivos los sufragios por el alma de los difuntos, al facilitar el recuerdo de los muertos y favorecer la intercesión de los santos. Y la Iglesia no lo desmentía porque, a la vez que conformaba a los creyentes, constituía una muy buena fuente de financiación de las arcas eclesiásticas. Para el siglo XVI ya era general la costumbre de enterrar dentro de las iglesias, que perdurará hasta el siglo XIX.

Los enterramientos en el interior de los templos generalmente ocupan bien los tramos delanteros o los traseros de la nave central. Las tumbas pueden ser simples fosas abiertas en la tierra sobre las cuales se disponen cubiertas de madera o sepulturas más elaboradas construidas con piedras y ladrillos y cubiertas por dos o tres losas de piedra. Esto en lo que concierne a sepulturas de personas comunes ya que las familias más distinguidas económica y socialmente tenían sus propios enterramientos, más o menos elaborados artísticamente, dentro de los templos. Tanto el clero parroquial como las distintas comunidades religiosas tenían instalado su propio osario en lugar privilegiado, cerca del presbiterio o en torno al altar mayor.

Según constatan sus respectivos libros de fábrica, una mayoría de templos vizcaínos renuevan a lo largo del siglo XVIII, fundamentalmente a mediados de siglo, sus necrópolis interiores, reestructurando el espacio sepulcral. En el territorio perteneciente al Obispado de Calahorra-La Calzada, en el que se incluía Santurtzi, una norma de 1700 establece que no puede utilizarse una sepultura hasta que no haya transcurrido un año desde el último enterramiento, y cuando se haga, se vacíe la tumba y se llene de tierra. Por lo tanto, lo más habitual era el vaciado de la sepultura antes de proceder a una nueva inhumación y el traslado de los huesos al osario. Los osarios se construyen, reconstruyen y trasladan tantas veces como sea necesario. La presencia de osarios localizados en el interior del templo o adosados a alguno de sus muros exteriores o incluso un poco alejados de la iglesia es una práctica generalizada.

En lo que concierne a San Jorge de Santurtzi, en 1605, el visitador general del arzobispado de Burgos, el licenciado Antonio de Valderrábano, mandó que las sepulturas que estaban de media iglesia hacia adelante se llenaran de tierra y se allanase el suelo, para que el nivel llegase hasta la primera grada que llevaba a la capilla mayor. Seguidamente, indicaba que, en el crucero de la iglesia, las gradas del altar mayor se iniciaban sobre la sepultura de Lope de Bañales (señor de la casa-torre de Bañales en Santurtzi, fallecido en 1563), y ordenaba a su sucesor, Martín de Bañales, que la quitase y sacase de la iglesia, dejándola desembarazada, sin bulto ni tumba, y que una vez quitada la tumba pudiese poner en su lugar una piedra y lápida sobre dicha sepultura, la cual podría elevarse media cuarta de vara.

Respecto al cementerio anexo, en un testimonio notarial otorgado por Antonio de Laya y Murga en 1668 se levanta acta de la colocación de veintidós cureñas en el cementerio de la iglesia de San Jorge de Santurce, y sus alrededores, por orden de don Pedro de Amabiscar, Síndico Procurador General de las Encartaciones.

Este testimonio viene confirmado en la imagen, correspondiente a 1684, incluida en informe que el capitán portugalujo Juan de Taborga realizó sobre las baterías de costa que protegían el Abra. En el dibujo se aprecian las baterías y otros edificios significativos en el puerto. En el centro se encuentra representada la iglesia de San Jorge con todo el recinto que le circunda destinado a cementerio.

Entre febrero y abril de 1990 se realizaron obras de pavimentación del suelo de la iglesia y se aprovechó para realizar un limitado estudio arqueológico de los restos descubiertos durante las obras. Se pudo observar que el nivel del suelo había sido elevado un metro aproximadamente con relleno de tierra traída de fuera, tierra oscura y suelta que presentaba abundantes restos óseos humanos del siglo XVIII sin conexión anatómica alguna y procedentes de ese cementerio anexo al templo, ubicado a su alrededor.

Apareció además un elemento relevante, la tapa de sarcófago con base plana y a dos aguas, con acanaladuras longitudinales remarcando las aristas y bordes de la pieza, que cronológicamente habría que datar o situar en la Baja Edad Media. Hoy permanece olvidada en una esquina de la iglesia.

Y lo más importante, aparecieron restos pétreos prerrománicos cuyo origen sería la primitiva ermita que se dataría en los siglos VIII o IX, pero este es otro tema…

Mediado el siglo XVIII el reformismo ilustrado desarrolló una intensa campaña de tipo higienista contra los enterramientos en el interior de los templos y en los atrios de las iglesias parroquiales situadas dentro de los núcleos urbanos, ya que el incremento demográfico empezaba a originar graves problemas de salubridad.

Con motivo de una virulenta epidemia sufrida en Pasaia (Gipuzkoa) en 1781, el hedor que se percibía en la iglesia parroquial era insoportable, además de insalubre. El 3 de agosto de 1784 una Real Orden de Carlos III disponía que a partir de entonces los cadáveres no fueran inhumados en las iglesias. Tres años más tarde, esta medida fue ratificada por una Real Cedula firmada el 3 de abril de 1787. Carlos III ordena que los enterramientos se realicen en cementerios y que éstos se construyan alejados de las poblaciones.

Sin embargo, la aplicación de esta orden se dilató al menos hasta la primera década del siglo XIX, tanto por las limitaciones presupuestarias de las administraciones parroquiales como por las resistencias de los feligreses apegados a sus creencias y tradiciones y la oposición de la Iglesia, que la consideraba una injerencia inaceptable del Estado en sus prerrogativas en el ámbito funerario. Además, la medida le causaría un importante perjuicio económico por la pérdida de ingresos por derechos de sepultura.

Según la Real Cédula, la construcción de los nuevos cementerios requiere el acuerdo entre autoridades civiles y eclesiásticas,  la ejecución de las obras se hará con el menor coste posible y se costearán con fondos parroquiales y públicos, más o menos al 50%. En caso de discrepancia se impondrá la resolución de la autoridad civil.

La construcción de cementerios alejados de los núcleos de población no fue inmediata, al contrario se demoró y mucho. Prácticamente antes del comienzo del siglo XIX no se había llevado a cabo ninguna edificación mortuoria de este tipo de forma generalizada. En consecuencia, Carlos IV en una circular de 28 de junio de 1804 reitera las órdenes, por entonces incumplidas, de la Cédula de su antecesor. Se recordaba, una vez más, la idoneidad de construir los cementerios fuera de las poblaciones, de acuerdo a una serie de recomendaciones: situarlos en lugares altos, alejados del vecindario y sin filtración de aguas. José Bonaparte, en un decreto de 4 de marzo de 1809, establece que para el día 1.º de noviembre de ese año se arrestase a los miembros de la Clerecía y las Municipalidades que no hubieran cumplido con su obligación en cuanto a la construcción de cementerios. A partir del 31 de octubre de 1814, la Diputación dispuso que no se enterrara cadáver alguno en las iglesias.

Por tanto, la llegada del siglo XIX viene a marcar el abandono del interior de los templos con fines sepulcrales, transfiriéndose dichas funciones a los camposantos externos, que están ya construidos en el primer cuarto del siglo XIX. Y así debe suceder en Santurtzi aunque no he encontrado, hasta el momento, datos concretos de la construcción del primer cementerio de nuestro municipio. Cierto es que hacia 1815 se procede a entarimar el suelo para hacerlo más firme y sólido. Es en ese momento cuando se nivela el subsuelo y se rellena hasta conseguir una superficie totalmente plana sobre la que instalar la tarima de madera. Y así se abandona definitivamente la costumbre de enterrar a los difuntos en el interior de la iglesia.

La construcción de este nuevo cementerio, hasta cierto punto alejado de la iglesia de san Jorge tiene, relación con la necesidad de edificar una casa consistorial que hasta entonces no había hecho falta ya que los cementerios adosados a los muros exteriores de iglesias parroquiales tenían otra función, que ahora puede parecernos asombrosa o extraña. Eran los lugares en donde se reunían los habitantes de un concejo en asamblea. La costumbre de reunirse en los cementerios para celebrar ayuntamientos se reforzó cuando la mayor parte de estos cementerios adosados se cubrieron con pórticos. De hecho en la documentación de los siglos XVI al XIX se utilizan indistintamente los términos cementerio, atrio y pórtico para hacer alusión a una misma realidad. De aquí procede la denominación de anteiglesia que emplean muchos municipios de Bizkaia.

Así, el 1 de julio de 1827 el Ayuntamiento del Concejo de Santurce inauguraba y se reunía por primera vez en la primera casa consistorial de su historia. Hasta ese momento, las asambleas de regidores y vecinos, en el tradicional concejo abierto, se habían realizado en el cementerio anexo a la iglesia de San Jorge, bajo su pórtico. Hasta entonces, la iglesia parroquial había sido no solo el centro de la vida religiosa sino también de la civil del municipio y en su archivo se custodiaban no solo los libros de culto y clero, incluidos los de la cofradía de pescadores, sino también los libros de actas del concejo. Nuevos aires llegaban, poco a poco, a Santurtzi.

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Nuevo artículo, el 31.º de la serie, publicado en el número 133 de ensanturtzi.com en la sección Santurtzi Ezagutu: pequeños fragmentos de la historia de Santurtzi, correspondiente al mes de noviembre. Dedicado a los sucesivos cementerios santurtziarras, fundamentalmente el cementerio viejo o del “casco”.

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reloj alado (tempus fugit)La entrada de hoy está dedicada a otro monumento de carácter funerario que orna un espacio público en nuestro municipio, erigido en primera instancia en el cementerio viejo, posteriormente trasladado al cementerio actual y que ha acabado en el parque de la Sardinera. Su autor es desconocido.

Monumento a los Hnos. Gómez-Marañón-1

Monumento a los Hnos. Gómez-Marañón-5 - copia

Monumento a los Hnos. Gómez-Marañón-9

Se trata de un monumento funerario dedicado por sus discípulos y amigos a la memoria de los hermanos Victoriano y José Gómez-Marañón, capitanes de la Marina Mercante, profesores y primer director y primer secretario de la Escuela de Náutica, respectivamente.

Monumento a los Hnos. Gómez-Marañón-14

Victoriano Vicente Gómez de Marañón y Hormaza (¡qué casualidad!) nació en Bilbao en 1824 y murió en Santurtzi el 20 de abril de 1901. Su hermano José Miguel nació en Bilbao en 1829 y murió en Santurtzi el 16 de abril de 1907. En otra entrada detallaré su genealogía. Se pueden observar la reproducción de sus retratos en el Centro de Interpretación Santurtzi Itsasoa. Los originales se conservan y exhiben en el Salón de Plenos de la Casa Consistorial.

El sedente está identificado con el nombre de José y el cargo de director de la escuela náutica. La figura representada de pie se identifica con el nombre de Victoriano y el cargo de secretario de la escuela. Sin embargo, En la obra Monólogos de una sardinera santurzana, se dice que Victoriano fue el director y José el secretario de la Escuela Náutica. Algo no cuadra. Creo que se han intercambiado los cargos en las placas de identificación.

Respecto al diseño original, el monumento actual ha perdido un cerco perimetral ornamental de pilares de mármol unidos entre si  por gruesas cadenas de hierro forjado. En el centro de este se alzaría lo que actualmente se conserva del monumento, que también ha sufrido una alteración en su cúspide, según se observa, aunque con dificultad, en la primera fotografía.

Donde antes había un fuste troncocónico cubierto por un manto plegado cayendo por los costados, rematado por una inscripción típicamente funeraria, el lábaro de Constantino acompañado por Alfa y Omega, además de una pequeña cruz en el frente (la vista principal del monumento) rodeada de ramas de olivo y otra inscripción más, en relieve, el consabido R.I.P. (Requiescant  In Pace), ahora vemos una columna de fuste cilíndrico liso de factura moderna.

También ha desaparecido una inscripción, una oración, un ruego que se localizaba en cada uno de los cuatro espacios rectangulares superiores que ahora aparecen lisos y vacíos. En resumen, ha perdido parte de su carácter funerario a pesar de haberse concebido con esa finalidad. Conserva todavía tres relieves, según se mira de frente el monumento, con el monograma de la Virgen María a la derecha, el Sagrado Corazón de Jesús a la izquierda y el típico reloj alado (tempus fugit) que alude a la brevedad de la vida terrenal en la parte posterior.

Monumento a los Hnos. Gómez-Marañón-15

Monumento a los Hnos. Gómez-Marañón-17

Monumento a los Hnos. Gómez-Marañón-16

Los motivos propiamente decorativos del monumento responden a las características profesionales de los hermanos Gómez-Marañón, como profesores de la Escuela de Náutica, motivos que actualmente se encuentran medio ocultos por una gruesa capa de polvo y suciedad. No estaría de más un cuidadoso manguerazo de agua a presión para devolverles el lustre que no deberían haber perdido.

Como decía al comienzo, este monumento fue erigido en torno a 1910 en el cementerio viejo y trasladado al cementerio actual cuando aquel se desmanteló en 1931. En 1983 el Ayuntamiento acuerda  su traslado desde el cementerio al final del Paseo de la Sardinera. Una nueva reubicación hace unos pocos años le ha proporcionado más visibilidad y dignidad. Sin embargo, yo propondría una última y definitiva ubicación mucho más apropiada junto al edificio que albergó la escuela de náutica, sustituyendo a la fuente (y trasladando esta, a su vez, a su emplazamiento original en la plaza de la Virgen del Mar de Mamariga).

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En un día como hoy, primero de noviembre, me parecía apropiado redactar una entrada relativa a los escasos blasones que podemos encontrar en el cementerio municipal de Santurtzi. Se trata de dos únicos ejemplos que identifican y adornan uno de los panteones situados a la izquierda de la avenida que conduce desde la entrada principal a la capilla del cementerio. Corresponden a los linajes Amezaga y Balparda.

Sobre una cartela decorativa se representan las armas del linaje Amezaga: en campo de oro, dos lobos andantes  de sable puestos en palo;  bordura jaquelada de dos órdenes de gules y oro. Acolado con cruces de Malta y de Santiago y con una filacteria en la que el paso del tiempo ha borrado la leyenda.

Justifica la presencia de la cruz de la Orden de San Juan de Jerusalén (Malta) el ser Caballero de la misma un miembro de este linaje, Ricardo Mendizabal Amezaga, nacido en Santurtzi en 1909 y Caballero de Malta desde 1942.

El segundo escudo se presenta igualmente dentro de una cartela decorativa. Se trata de las armas correspondientes al linaje Balparda: escudo cuartelado, en el primer y cuarto campos, de gules cinco veneras de plata en sotuer (aspa); en el segundo y tercero, de azur, tres bandas de plata cargadas cada una de ellas de un armiño de sable. Acolado de cruz de Santiago, por ser Caballero del Hábito de Santiago un miembro de este linaje, Juan Balparda y Hormaza, nacido en Santurtzi en 1705 y Caballero de Santiago desde 1733.

Sobre estos linajes se puede escribir mucho, pero en la entrada de hoy lo más importante es decir que Amezaga tiene su casa solar en Gorliz y Balparda en Santurtzi, en el barrio de su nombre. La unión de ambos linajes se produjo en 1882 con ocasión del matrimonio celebrado en Santurtzi entre Rafael Amezaga Piñaga, natural de Getxo, y Adela Balparda Baladia, natural de Santurtzi.

De este matrimonio, la hija más conocida es Leonor Amezaga Balparda, que tenía hasta marzo de 2016 una calle dedicada a su nombre y memoria en nuestro municipio, que une Genaro Oraá, a la altura de la Plaza Señorío de Bizkaia, con Pedro Icaza Aguirre. De esta señora, su ascendencia y descendencia tratará una próxima entrada, pero puedo adelantar que también ella desciende por línea materna, la santurzana, del linaje Hormaza.

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